El Arte Perdido de la Pela

El Arte Perdido de la Pela

El pasar del tiempo, el advenimiento de nuevas teorías de la psicología, la proliferación de las nanas, el Internet y la televisión como medios de crianza, y los tentáculos de la UNICEF disminuyendo el papel de los padres sobre sus hijos al de serviles pendejos; han llevado al otrora extendido y archiconocido Arte de la Buena Pela al ostracismo, arrastrándole por la ruta de la inexorable extinción.

Hoy rescatamos llenos de nostalgia aquellos buenos tiempos, donde eso de hablar y razonar con muchacho era considerado una pérdida de tiempo. Todo lo que había que decir venía de la mano de galletazos, roqui tokis, manoplazos, correazos y uno que otro objeto contundente, en El Arte Perdido de la Pela.

Caso No. 1: Romper algo por no estarse quieto.

Para los niños de hoy en día todo se centra en el Internet, la televisión, el iPad, el celular y el Wii… para uno en aquellos buenos tiempos, el mundo era su terreno de juegos, por lo que nos la pasábamos brincando, jodiendo y rompiendo vainas en el medio.

Viene pela
Viene pela

Cuando lo inevitable ocurría y uno rompía algo, o se daba un estrallón (rompiéndose algo), la pela solía ser ejecutada por la madre procediendo a levantar el brazo izquierdo del sujeto, bajando el torso en un ángulo que permitiera una buena extensión del brazo, y con la mano abierta de forma tal que el dedo pulgar formara un ángulo perfecto de 90 grados con el resto de los dedos, procedía a golpear los glúteos del sujeto, mientras elocuentemente le decía sus pareceres con cada golpe marcando las pausas entre sílabas.

MU*pop*CHA*pop*CHO*pop*DEL*pop*DIA*pop*BLO*pop*TE*pop*DI*pop*JE *pop*QUE*pop*TE*pop*TES*pop*QUIE*popTO*pop*CO*pop*ÑO!.

Caso No. 2: No quererse comer la comida.

Por alguna razón, siempre llega un momento en la niñez en la que uno entiende que ir a comer es un estorbo en medio de tantas actividades, por lo que uno hacía un bulto y se comía tres bocados para seguir jugando, o trataba de barajar la comida por completo.

En estas ocasiones la pela se ejecutaba posterior a una serie de 3 advertencias:

1.- “Ven y siéntate a comer”.

El muchacho iba y se sentaba en la mesa, ponía chembita y no comía.

Bleh
Lo que es querer irse a jugar Nintendo

2.- “Muchacho siéntate a comer” desabrochándose la correa de forma que se escuche la hebilla, y el subsiguiente “swoop” (sonido resultante de quitársela en un movimiento), para luego colocarla arriba de la mesa.

El muchacho come rápido asustado advirtiendo lo que se avecina, inevitablemente se añuga y comienza a toser hasta casi vomitar la comida.

3.- “Ven acá, párateme aquí.” Apuntando hacia su lado.

Cacao?
Cacao?

El muchacho, que siempre tenía la desgracia de andar en pantaloncitos cortos obedecía, dando inicio a una serie sucesivas de correazos entre las canillas, mientras gritaba y rogaba para que se detuviera semejante barbaridad.

Una vez culminada la pela, se procedía a dar la orden de no pararse de la mesa hasta comerse toda la comida. Y en efecto uno se quedaba ahí hasta las 3 de la tarde, cuando la madre por fin se apiadaba, la botaba y le hacía creer al papá que se la comió.

Caso No. 3: Las chancletas teledirigidas.

En el crecimiento se desarrollan habilidades para evitar pelas. Con la mamá, la primera de ellas era correr. Con 12 años se podía correr más que la mamá, y por lo general se usaba eso para eludir las pelas tipo el caso No. 1.

Pero cual si fuese un programa de Discovery, el predador evoluciona para adaptarse a la evolución de su presa y desarrolla la técnica de la chancleta inteligente teledirigida.

La madre de un adolescente cualquiera
La madre de un adolescente cualquiera

Mientras uno huía alrededor de la mesa del comedor para evitar la pela, la madre procedía a agacharse para quitarse la chancleta. En ese momento uno se olía la que venía y procedía a correr hacia los pasillos o a tirarse detrás de algún objeto para cubrirse… la chancleta era entonces lanzada por la madre como misil teledirigido de Kosovo, haciendo zigzag, esquivando objetos y doblando pasillos hasta pegarse en la espalda de su objetivo.

Caso No. 4: Llorar porque no le dan lo que quiere.

De bebé uno aprendió a que si uno lloraba, todo el mundo hacía lo que uno pedía. Por lo que naturalmente de grandecitos se intenta seguir usando el mismo truco, así si se pedían unos Legos y le traían una versión china rarísima se lloraba para darle cuerda a los padres, si uno pedía un GI-Joe y le traían un Ken de la Barbie uno lloraba, si uno pedía una bicicleta y lo que le daban era dizque calzoncillos, uno lloraba. Eso funcionaba de mil maravillas, hasta un día.

La fuente de miles de pelas en todo el mundo
La fuente de miles de pelas en todo el mundo

Para navidad pediste un Nintendo pero Santicló solo te trajo medias, un pantalón y un bate de plástico, e hiciste lo que normalmente hacías, incojonarte hasta llorar para ver si te salía el Nintendo. El papá que ya no cogía ese corte, esta vez, en vez de apiadarse, se pone a tu lado y procede a darte un manoplazo en la nuca para que te calles. Sorprendido por este hecho inaudito, te pones a llorar más fuerte hasta que tu padre te dice: “Si sigues llorando te voy a dar como un hombre de verdad para que llores con ganas”.

A partir de ahí a uno no le queda otra que la lloradera contenida, poniendo la carita halada, aguantándose los mocos, sobándose los ojos y caminando a abrazar a la mamá.

Caso No. 5: El día de la entrega de notas.

La pela del día de entrega de notas en el colegio era la Madre de Todas Las Pelas. Era como la crónica de una muerte anunciada, tú sabías el día, el lugar y la hora, pero no había nada en el mundo que pudieras hacer para evitarla. Algo así como el Armagedón, pero peor.

De esta no te salva ni Bruce Willis
De esta no te salva ni Bruce Willis

Ese día, llegabas a tu casa, te comías toda la comida, hacías todas las tareas, ni siquiera prendías el Nintendo, ni salías a joder a la calle, uno se comportaba como los padres siempre rogaban a todos los santos que uno lo hiciera. Pero es que uno no era pendejo, eso era un acto con la intención de ganar clemencia.

Y en efecto se marchaban, y uno se la pasaba dando vueltas preocupado en la casa, hasta que oías el carro llegando y te bandeabas derechito a la cama a hacerte el dormido, ya como último recurso para evitar el inevitable Apocalipsis. Pero que vá…

Chan, chan, chaaaaaaaaaaan
Chan, chan, chaaaaaaaaaaan

Si no te despertaban directamente de un correazo, se aseguraban de llamarte por tus nombres y apellidos completos a viva voz para que te aproximaras al “círculo”, la mamá consternada y el papá con correa en mano. Una vez en el círculo te pasaban las notas, ponías cara de extrañado, y antes que puedas enunciar la primera palabra el padre da el primer correazo de “advertencia”, a lo que la mamá replica con un “ay mi hijo!”, y empezaba la lluvia de correazos, a lo que uno se revolcaba en el piso tratando de evitar los golpes más dolorosos, te levantaban de un brazo para seguir con la danza de las correas, y uno se seguía revolcando… y aaaay y si en “defenderse” uno rozaba al papá…

Te llevó
Te llevó
Caso No. 6: La pela preventiva

Reservada para los chamaquitos más jodones. Algo pasó, nadie sabe con seguridad quién fue… pero sólo por si acaso…

Agárrame aquí mientras tanto
Agárrame aquí mientras tanto

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